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El mito del trato "humanitario"
Escrito por Tom Regan   

 

Muchas personas nos ven como excéntricos declarados, de primer nivel, los primeros de la clase de los chiflados. Sin embargo, reducido a lo esencial, lo que nosotros defendemos es de mero sentido común.


Creemos que cada animal matado para alimentarnos, atrapado en una trampa para usar su piel, utilizado en laboratorios o entrenado para saltar por aros es alguien único, no un genérico “algo”. Creemos que les importa lo que les suceda. ¿Por qué? Porque lo que les sucede representa una diferencia en la calidad y la duración de sus vidas.

A este respecto, pensamos que los humanos y los animales son lo mismo, son iguales. De modo que todos los defensores de los derechos animales comparten un punto de vista moral común: no deberíamos hacerles lo que no querríamos que nos hicieran a nosotros. No comerlos. No llevar sus pieles. No experimentar en ellos. No entrenarlos para saltar por aros. Nosotros decimos: "No jaulas más grandes, sino jaulas vacías."

Comparativamente hablando, pocas personas son defensoras de los derechos animales. ¿Por qué? Parte de la respuesta concierne a nuestras creencias dispares acerca de con qué frecuencia se trata mal a los animales. Nosotros opinamos que ésta es una tragedia de proporciones incalculables. Los no activistas creen que el maltrato apenas ocurre.

Que piensen así parece bastante razonable. A fin de cuentas, tenemos leyes que disponen cómo han de ser tratados los animales, y una cuadrilla de inspectores del gobierno para certificar que dichas leyes son obedecidas.

¿Qué requieren nuestras leyes? En el lenguaje de nuestra legislación federal más importante, el Acta de Bienestar Animal, los animales deben recibir "un cuidado y un trato humanitario." Es decir, los animales deben ser tratados con consideración y bondad, con misericordia y compasión, el auténtico significando de la palabra "humanitario." Así reza en cualquier diccionario estándar.

Si las cosas estuvieran tan mal como los activistas dicen que están, los inspectores del gobierno sacarían a la luz pública una enorme cantidad de casos de crueldad. Sin embargo, esto es precisamente lo que los inspectores de gobierno no encuentran.

Para el ejercicio económico 2001, el Servicio de Inspección de Salud de Animales y Plantas (APHIS) realizó 12.000 inspecciones. De este total, sólo se informó de 140 casos de posibles infracciones por dispensar un trato inadecuado a los animales. Esto significa una tasa de cumplimiento de la ley del 99%.

No es de extrañar que el gran público crea que, salvo raras excepciones, los animales son tratados con misericordia y bondad, con consideración y compasión.

Por desgracia, la confianza del público en lo adecuado de las inspecciones del gobierno es desacertada. Lo que los inspectores del APHIS consideran trato humanitario socava las propias inspecciones antes de que se lleven a cabo. Considere algunos ejemplos de lo que les ocurre a los animales en los laboratorios de investigación. Gatos, perros, primates no humanos y otros animales son ahogados, asfixiados, y matados de hambre. Son quemados, sometidos a radiaciones, y utilizados como "conejillos de indias" en la investigación militar. Se les extraen los ojos quirúrgicamente y se destruye su audición. Son desmembrados, y sus órganos son aplastados. Se utilizan medios invasivos para provocarles infartos, úlceras y convulsiones. Se les priva del sueño, se les somete a electroshock, y se les expone a calor y frío extremos.
Cada uno de estos procedimientos y resultados cumple con el Acta de Bienestar Animal. Todos obedecen a lo que los inspectores del APHIS consideran "un cuidado y un trato humanitario”. Y las cosas son aún peores.

Se estima que el número anual de animales utilizados en laboratorios de investigación sujetos a inspecciones del APHIS es unos 20 millones. Esta cifra, a pesar de ser considerable, resulta insignificante al lado de los 10 mil millones de animales matados al año para ser comidos, sólo en los Estados Unidos.

Sorprendentemente, los animales de granja son explícitamente excluidos de la protección legal que proporciona el Acta de Bienestar Animal. Esto es lo que el APA dice: " [En el Acta de Protección Animal] el término 'animal'... excluye a caballos no empleados para la investigación y otros animales de granja, tales como, aunque no exclusivamente, el ganado o las aves, utilizados o destinados a convertirse en alimento (o tejido). . ."

¿Pero si no es nuestro gobierno, quién decide qué significa un cuidado y un trato humanitario para los animales de granja? En la real-política de la ganadería americana, es la propia industria de animales de abasto la que escribe las reglas. ¿Y qué tipo de trato permiten esas reglas? Veamos algunos ejemplos.

Las terneras pasan toda su vida confinadas individualmente en estrechos establos tan reducidos que no pueden darse la vuelta.Las gallinas ponedoras viven un año o más en jaulas del tamaño de un cajón de escritorio, siete gallinas o más por jaula, tras el cual son sistemáticamente privadas de comida durante dos semanas para inducir un nuevo ciclo de puesta. Las cerdas son instaladas durante cuatro o cinco años en cercos individuales rodeados de barrotes ("establos de gestación") escasamente más anchos que sus cuerpos, donde son forzadas a dar a luz camada tras camada.Hasta que saltó la reciente alarma de las “Vacas Locas”, las vacas demasiado débiles para mantenerse en pie eran arrastradas o empujadas hasta el matadero. Los gansos y los patos son forzados a ingerir el equivalente humano a 30 libras de alimento por día para agrandar su hígado, lo mejor para satisfacer la demanda de foie gras (arcaica tradición francesa).

Todas estas condiciones y procedimientos ponen de manifiesto el pertinente compromiso de la industria con la misericordia y la bondad, la compasión y la consideración.

Conforme a lo dispuesto en el Acta de Bienestar Animal, existen más animales, además de los destinados a ser "alimento", que no alcanzan la consideración de animales. Esto es válido para cualquier animal empleado en la industria textil. En la del cuero, por ejemplo. O la lana. O la piel. Esto son hechos, no ficción. Los animales cuya piel utilizamos, tanto si son atrapados en trampas como si son criados en granjas peleteras, están exentos incluso de la escasa protección legal proporcionada por el APA. Como sucede en la ganadería, la industria peletera establece sus propias medidas y regulaciones de "cuidado humanitario".

¿Y qué cosas permiten las granjas peleteras o las trampas “humanitarias”? Aquí tenemos algunos ejemplos. En las granjas, los visones, chinchillas, mapaches, linces, zorros y otros animales son confinados en jaulas de tela metálica durante toda su vida. Las horas que están despiertos las pasan desplazándose de un lado al otro, o haciendo círculos con la cabeza, o saltando hacia los lados de sus jaulas, o automutilándose, o comiéndose a sus compañeros de jaula. Se les mata rompiéndoles el cuello, o por asfixia (utilizando dióxido de carbono o monóxido de carbono), o introduciéndoles barras eléctricas por el ano para "freírlos" de cabo a rabo. Los animales atrapados en trampas tardan un promedio de 15 horas en morir. A menudo se arrancan a sí mismos los miembros atrapados en un vano intento por salvar sus vidas.

Todo es perfectamente legal; cada detalle ocurre de acuerdo con los estándares de bondad y misericordia, de consideración y compasión de la industria. Aquellos de nosotros que ya tenemos una cierta edad recordamos las inmortales palabras del locutor de televisión Howard Beale, en la Red cinematográfica. Todo es una locura, decía Beale. El mundo está patas arriba. La gente debería enfadarse. Enfadarse de verdad. "¡Quiero que todos ustedes se levanten de sus sillas!," decía Beale a sus espectadores, "Vayan hacia la ventana, ábranla, saquen la cabeza, y griten, '¡estoy absolutamente furioso y no voy a permitir esto ni un minuto más!'"

Las personas que confían en lo que los portavoces de la industria y los inspectores del gobierno les dicen acerca del "cuidado y el trato humanitario" de los animales deberían seguir la recomendación de Howard Beale. Deberían enfurecerse por dos razones.

Primero, deberían enfurecerse por cómo se les ha tratado. La pura realidad es que no se les ha dicho la verdad. Han sido desorientados y manipulados por los portavoces de la industria y del gobierno. "No hay nada de qué preocuparse. Público, confíe en nosotros: todo está en orden en los laboratorios, en las granjas, en el campo. Los animales reciben un trato humanitario." ¿Confía en nosotros? Esperemos que ya no.

Segundo, la gente debería enfurecerse por cómo se trata a los animales. Cuando los animales son desmembrados y sus órganos aplastados; cuando se les hace enfermar a través de la alimentación que son forzados a comer y pasan la vida entera solos, aislados; cuando son gaseados hasta morir o se les rompe el cuello: no existe maquinaria propagandística en el mundo que pueda transformar estos hechos espantosos en lo que no son.

Si llega el día en que el gran público se enfurece, el número de defensores de los derechos animales empezará a alcanzar niveles sin precedentes. Cuando ese día llegue, pero no hasta entonces, nuestra esperanza compartida en un mundo en el que los animales sean de verdad tratados humanamente tendrá por fin unas bases sólidas sobre las que asentarse

 
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